Bueno, en Twitter no nos aburrimos, y como muestra un botón: estamos con un relato conjunto. De momento han participado, en orden: @MiguelALMorillo, @RandyAmorFdz , @JordiRocandio ,@Celivir78 ,
@MiguelALMorillo , @PatriciaVautora, @Fenrir_Spell , @0083MG, @docruor, @AGothicDream, @RandyAmorFdz, @7LunasDeTitan, @apberra, @lixysol, @sergeekios, @Manel_SaO, @IreneRguezG, @roberto_gamero_, @RandyAmorFdz , @IreneRguezG, @Fenrir_Spell, @apberra, @0083MG, @lixysol, @PatriciaVautora, @Manel_SaO, @AGothicDream,
@roberto_gamero_, @MiguelALMorillo,

Seguiré actualizando el relato, a ver qué sale. Pero como Twitter es un lío con tanta respuesta anidada, sobre todo para algunos, he decidido que quien quiera pueda ver de manera más fácil y visual cómo va el relato.


#Diabluras1 (En proceso: Primer borrador)

Por un momento, el velo de locura que arrastraba su marido se levantó y gritó de angustia. Ella lo miró con desprecio. Atrapó su brazo y lo arrastró hasta la cocina. Allí, meditó sobre qué cuchillo le serviría mejor, si el de cortar verduras, que había afilado…o el cuchillo enorme que reservaba para descuartizar la carne. Después de todo, hacía meses que no lo usaba, y con su extremo romo podía infligirle un escarmiento aún mayor. Pero entonces, de manera inesperada, su marido le habló y le dijo…


— Siento mucho por todo lo que te hecho pasar. Nunca fue mi intención, pero ellos me obligaron a acabar con su sufrimiento.

— Me dijiste que abandonaste la organización hace años.

— Te mentí. Amenazaron con matarte si no hacía lo que ellos me ordenaban.
–Quiero saberlo todo.
–Todo empezó en aquel orfanato de Zaragoza…

Recuerdo los golpes que me venían de todas partes, ya no sabía si recibía patadas o puñetazos. Logré reaccionar como pude y solte varios golpes. El último que me dio un tipo alto, me dejó casi inconsciente, me dejaron solo y mi vida se convirtió en un torbellino de furia y violencia. Con el tiempo, me volví duro y cruel. Empecé a relacionarme con los peores, con los olvidados, con aquellos que podían hacerte creer que el ser humano era un despojo. Entonces la conocí.

Era diminuta, apenas llegaba a alcanzar mi cintura. Y sus ojos. Algo en ellos sugería peligro y seducción a partes iguales. Fue la primera vez que vi el medallón, brillando a través de las volutas de humo de su inseparable cigarrillo. Me habló…Y caí en sus redes. Una persona capaz de sacarte a patadas de tu zona de comfort e irrigar tu cuerpo de temblores. La idea me atrajo y camine junto a ella en este mundo de polvo y locura. No pensaba tener hijos con ella, los mataría si me la robaban, pero sabía que sería una gran aliada en esa andadura. Sería de fiar? No sabía nada de ella ni de su pasado. No me importaba. Sólo quería salir de allí. Olvidarme de las sombras que me acechaban en aquel lugar y que me aterrorizaban cada noche.

Era mi mejor baza y yo la suya. ¿La utilicé? ¡Por supuesto! ¿Me utilizó? ¡Sin lugar a duda! Era algo recíproco, parásito, casi simbionte y no pedíamos aceptación a nadie. Y mientras recordaba las idas y venidas de aquel medallón rebotando en su pecho con cada golpe asestado, el crujir de los cráneos con su rotura, los suspiros agonizantes que provocaban la huida de cada una de las almas sentenciadas, el rojizo estampado con el que decoramos lo que había sido nuestro hogar. Mientras tanto, aún seguía dudando si ella era real o fruto de mi enfermedad. Fuera como fuese, ahí íbamos los dos abriéndonos las puertas al mundo…

Quizá fue un error no adoptarla por lo oficial antes de desatar nuestra primera vorágine. Pero no fue difícil huir de todo. Cambié todo: direcciones, números de teléfono, y busqué el lugar donde pudiéramos vivir la vida normal, es decir, para dedicar el tiempo juntos cuando no estábamos ocupados con nuestra nueva y privada afición. Y para poder manteneros. Fue así como poco a poco, una nueva identidad para mi persona se fue formando. Y no fue difícil. Eso de la agonía de lidiar con un yo y con el otro es más de las películas. No hacían falta vicios ni drogas, con nuestras escapadas al “remanso de la felicidad” (así lo bautizamos bebiendo colacao), nuestra vida por fin tenía paz y sentido.

Pero el amor verdadero no está destinado a perdurar. Ellos terminaron por encontrarnos. Llegaron en plena noche y se la llevaron bien lejos, a un lugar donde yo no podía acceder. No con vida, al menos. Y entonces, varios años después, te conocí a ti.

Junto a ti creí poder empezar de nuevo, alejarme de aquella vida de violencia, y de la sed de sangre. Quise creer que todo desaparecería como los vagos recuerdos de un sueño cuando acabas de despertar. Tú eras distinta, un remanso de paz, un oasis en el desierto, un puerto seguro. Pero me equivoqué, no se puede escapar de la sed, siempre está presente, te llama y si la ignoras te conduce a la locura. No tengo ninguna otra opción, ningún plan B. Necesito saciar mi sed y necesito volver a encontrarme con ella, aunque eso suponga cruzar la línea entre la vida y la muerte…

Las dos sois las caras de una misma moneda. Tú eres la luz, ella la oscuridad. Tú eres la calma, ella la pasión. Pensé que mi alma se tranquilizaría con tu paz, pero ellos han vuelto, y esta vez no hay escapatoria. Ahora soy consciente de que a este fuego no se le puede vencer con agua y tranquilidad. Hace falta rabia, sangre y violencia. Y ella es la única que puede darme lo que necesito. Ese sabor metálico de la sangre de otro en mi boca.

Ante aquella retahíla de razones, se sentó de un tirón, desolada. Lágrimas silenciosas rodaron por sus blancas mejillas. Su mirada perdida en algún punto de la habitación buscaba respuestas que yo no podía darle. Éramos dos pobres enamorados presos de pasiones contrarias.

De repente, se levantó con decisión. Me miró a los ojos con una certeza que nunca olvidaré.

—Iré contigo. Compartiremos la desdicha y el odio.

—Tú no eres una asesina —le dije, tratando inútilmente de persuadirla.

—Mi ex marido está enterrado en el patio trasero de casa.

Aún sin estar seguro si alguien real me acompañaba, llené la mochila con lo imprescindible y emprendimos el viaje al lugar donde todo empezó. Los pasajeros del autobús no me quitaban ojo. Quizás mi compañera no era real. O tal vez fuera por el tintineo producido por los cuchillos que sobresalían de mi mochila. Lo cierto es que no importaba. Juntos íbamos a aquel orfanato que envenenó mi infancia y sentenció mi futuro. Y ella, real o no, apretaba mi mano fuerte y fielmente.

Los kilómetros pasaban lenta y pesadamente. El calor del viejo autocar, la mezcla de olores, la tensión del saber lo que ocurriría al volver allí, sentir su presencia a mi lado… Toda esa atmósfera me ahogaba.. ¿Ella estaba allí realmente o era producto de mi imaginario? Todo daba igual. Mi furia se desataría al cruzar esa puerta del infierno. Entonces todo acabaría. Ella conocería lo que soy. Lo que escondo bajo mi piel. Me acercaba…

Mi vello se erizó al llegar a la ciudad. Empecé a salivar. El sabor de la sangre que derramaría me dio vida. Bajamos del autobús en la última parada de la línea, y desde allí nos tocó andar media hora a través de caminos de tierra. Hacía años que no ponía un pie en aquel lugar, pero todo estaba exactamente igual a como lo recordaba.

Con cada paso que daba las imágenes y los recuerdos empezaron a llegar. Sin embargo, fue el olor de los árboles en flor el que me hizo detenerme al instante. La primera vez que vinieron a por mí fue durante una tarde de primavera, una tarde muy parecida a aquella. Estreché su mano y ella me sonrió dándome ánimos. Respiré hondo unas cuantas veces, y cuando conseguí serenarme continuamos la marcha. No quedaba mucho para llegar, según recordaba, el orfanato se encontraba justo detrás de los árboles. Cuando los atravesamos la sangre se me heló; delante de nosotros se alzaban las ruinas de un enorme caserón.

Nos esperaban al pie de la escalera. Eran altos y delgados, y no se veían las caras entre los pliegues rojos de las capuchas, pero sentí sus ojos quemándome la mente. Se dirigieron a la pequeña figura junto a mí.

—Has demorado mucho en traerlo de vuelta.

—Creímos que nos habías traicionado. Ella aferró su medallón. Sonrió, y me sonrió.

—Quería que viniera por su propia voluntad.

Esa respuesta me permitió ver con claridad, mas allá de usarme, fragmentó mi mente a su conveniencia.

—Literalmente ella y tú sois las caras de una misma moneda.

—¿Hasta ahora te has dado cuenta? — pregunto en tono burlón y sonrió.

Tristemente miré al piso, metí la mano en el bolsillo de mi abrigo, “llenaré la mochila con mis imprescindibles explosivos” pensé, presione el gatillo del detonador, deje de sentir sus ojos quemándome la mente.

Pero también dejaron de sentir ellos, porque todos volamos por los aires y, mientras lo hacíamos, pensé que yo no podía morir, no aún, no sin contarles la historia completa y decirles que, en realidad, les he estado mintiendo todo este tiempo…

La explosión no me hirió, tampoco me quemó, y cuando sus cuerpos quedaron calcinados me adentré en las ruinas del orfanato. Había sido un viaje muy largo y no me iría de allí sin respuestas. Necesitaba saber quién era y qué había ocurrido en aquel lugar.

El orfanato en el que me crecí no era un centro cualquiera. No era una simple casa de acogida. Todos los niños que acabábamos allí éramos especiales; algunos eran extremadamente inteligentes, otros eran capaces de detener el tiempo, y otros, como yo, podíamos manipular el fuego.

Aquel gris lugar permanecía delante de mis ojos como ese bizarro espejismo que siempre fue. Jugando al borde de la línea entre la realidad y la imaginación. La locura y los hechos. El destino y la elección. Nunca estuvo claro como si estuvieron los poderes que allí brotaron. El don infernal que me dejaron no fue el fuego, sino el ardor de mi alma que quemaba cuanto tocaba. Investigue las oficinas hasta encontrar la pista que buscaba, una pista sobre ella. Una foto con una dirección y lo más importante, su medallón en ella.

Miré la fotografía con detenimiento. Era un viejo faro de madera, casi derruido por el tiempo y el salitre. Conocía bien aquel lugar. Estaba al otro lado del bosque que lindaba con el orfanato, junto al acantilado. Tomé el medallón en mis manos y atravesé corriendo el patio.

Encontré un hueco en la verja y salí al bosque. Era otoño, y las hojas teñían el suelo. Aceleré la marcha. Escuchaba el entorno crepitar a mi alrededor. No sé si era mi mente enferma, pero juraría que las hojas ardían a mi paso. Y así, rodeado de fuego, llegué al acantilado.

Inspiré con fuerza la mezcla de olores que el bosque y el mar me ofrecían. Con el medallón en las manos y el calor del fuego a mi espalda también aprecié el olor de la nostalgia, la pena, el humo… el fin estaba cerca y podía sentirlo.

Cuando miré atrás las siluetas de aquellas almas que se habían cruzado en mi camino se recortaban en el resplandor del bosque en llamas. Me miraban sin expresión en la cara. Di un paso atrás. Escuché una risa burlona a mi lado y mi piel se erizó. «No puede ser…».

Entonces los vi. Tres personalidades idénticas, pero con risas distintas. Me rodearon al borde del acantilado y exigieron el medallón. Mientras mis pulmones se llenaban de humo, recordé a mi madre colocándome el dije en el cuello antes de morir. Luego me llevaron al orfanato.

Comprendí el origen de aquellas entidades diabólicas. El medallón representaba el abandono de mi madre, aunque, irónicamente, también su amor incondicional. Desarrollé las personalidades para lidiar con la soledad, pero se convirtieron en algo real. Y querían asesinarme.

Colgué el medallón en mi cuello ante el mudo grito de asombro de esas tres sombras de mi pasado, presente y futuro.

—Si lo queréis, tendréis que venir a cogerlo. —No iba a entregar el regalo que ella portó en su cuello mientras juntos inundábamos de sangre los caminos. No mientras una sola brizna de aliento inundara mis pulmones.

Los tres fruncieron los idénticos ceños y se abalanzaron sobre mí. Noté sus manos frías en mi cuello, y luego la nada bajo mis pies y la caída. El estómago queriendo salir por mi garganta y mis brazos aferrados a sus
cuerpos, arrastrándolos al abismo conmigo. Y, mientras las rocas parecían estar cada vez más cerca, la oí. Oí su voz, la de mi menuda y sensual amada.

—Aún no es tu hora.

No. No era mi hora. Me aferré al medallón en mi caída libre al infierno que jamás debí abandonar. Entonces lo comprendí. Aquél lugar oscuro y siniestro me acompañaría por muy lejos que huyera de él. El olor a ceniza y carbón. A hiel y azufre. A miedo… Era mi lugar en el mundo y ellos tres, mis guardianes. Por fin llegué al fondo, pero no caí. Ellos no lo permitirían y yo tampoco podría haberlo hecho. Al fin y al cabo, ¿cómo puede morir quien ya lo hecho infinitas veces? Ceniza y azufre. Soy ceniza, azufre e ira…

—Eres un sol extraño y hermoso. Las palabras de mi amiga revelaron la realidad. Estaba recogido, suspendido en el aire, con mis tres atacantes —tres pesos— colgando de mí. Y yo ardiendo. Literalmente. Ella no había cambiado ni un centímetro. Me hizo descender gracias a su dominio sobre la materia. Jirones de ceniza descendían a mi alrededor. Ella se acercó y me dio la mano. Estaba fría. Llamas y ceniza borradas de mi mente. El ruido se calló, como siempre, gracias a ella. Queríamos rescatar esos días de paz, perdidos en medio de la confusión. Y con ojos claros, mi luz, mi esposa, se unió a nosotros. Viva. El faro de madera, lleno de recuerdos, se alzaba indemne ante las llamas purgadoras.

—Construyamos un nuevo remanso —dijo mi ángel— Los tres: Amor, amante y flor. Quiero saber todo. Sé mi hija.

-¿Se mi hija? – repitió – ¿se mi hija?

En ese instante acerque mis labios a los de ella intente besarla pero me detuvo, poniendo su dedo indice en los mis labos

– ¿se mi hija?- Pregunto extrañada – tenemos una hija- sentenció, volteo a ver a mi amiga y dijo – aun no ha regresado, no por completo. Volvio a mirarme, esta vez a los ojos y dijo -Necesitamos que regreses. Levanto el medallon me lo puso en la frente. En ese momento cerre los ojos. Supe que algo en el cambio en mi interior. Lentamente los abrí y puede ver todo con claridad. Delante mío estan las 3 mi mujer, mi amiga que es dueña del medallón y mi hija. Pero tambien estan ellos ahí; 3 personas me sujetan, estan vestidas de Blanco. Nos encuentramos cerca del borde del precipicio. Sorprendido, mire derredor y pude ver a la distancia, en lo alto de la colina sobre saliendo por encima del bosque. El piso superior del orfanato. En ese momento pudo recordar que nunca fue un orfanato en realidad se trataba de un lugar de descanso para gente pertubada no era la historia contada.

Entonces volví a un momento en el tiempo y espacio que reconocía. Toqué el medallón y con un pensamiento apagué su poder. Esa realidad alternativa no reveló nada que me sirviera. La próxima vez me sumergiría aún más.

—Su medicina. —La amable enfermera sonrió y descubrí en sus pupilas mi piel arrugada y decrépita.

Lo intenté de nuevo unos días después. Rocé el medallón y recorrí con mi mente un sinfín de universos y dimensiones. Elegí un único instante en el que ni el tiempo ni la muerte misma pudieran impedirme reunirme con ella: me desvanecí; mientras atesoraba una sensación, un frágil suspiro cuya fragancia contenía el amor de toda una vida buscándola.

FIN

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